MATERNAR en modo supervivencia
Esta frase me toca profundamente porque es algo que siento a menudo cuando hablo con otras madres, e incluso me lo reconozco a mí misma. Desde hace un tiempo siento que mi crianza se ha instalado en un “modo supervivencia”.
Y con el tiempo he podido entender algo importante: esto NO es un problema exclusivo de las madres, ni de su organización, ni de sus capacidades. Es un problema social e institucional mucho más amplio.
Vivimos en un momento de cambio y transición muy importante, en el que la igualdad y la necesidad de la mujer de ser activa, visible y reconocida en el mundo laboral, así como de ser económicamente independiente, nos ha permitido avanzar muchísimo en algunas áreas. Pero, al mismo tiempo, en otras seguimos cargando con los mismos pesos de siempre, sin una redistribución real de responsabilidades.
Esto genera una sobrecarga constante. Un estado de automatismo en el que funcionamos resolviendo, sosteniendo y respondiendo a todo… pero desde un lugar de alerta permanente. Y cuando ese estado se prolonga en el tiempo, acabamos viviendo en un modo supervivencia que no solo agota, sino que nos desconecta de nosotras mismas y de nuestros bebés.
Estos últimos meses, en los que he estado más ausente por aquí, he estado atravesando precisamente esto. Parando, observando y poniendo orden en mi vida. Reequilibrando prioridades, cargas y ritmos. Intentando salir de ese automático para volver a habitarme con más presencia.
No es un camino rápido ni lineal, pero sí profundamente necesario. Porque maternar no debería vivirse desde la supervivencia, sino desde el sostén, el acompañamiento y la presencia.
Pero para poder sostener esto, también hace falta algo que a veces incomoda mirar de frente: la toma de conciencia real de cómo estamos las mujeres en este sistema.
Necesitamos preguntarnos con honestidad hasta dónde queremos asumir, cuánto podemos sostener sin rompernos, y qué partes de esa carga ya no nos corresponden en soledad. No desde la culpa, sino desde la claridad.
La corresponsabilidad no puede ser un concepto abstracto. Tiene que ser una práctica real, compartida y sostenida en el día a día. Porque criar no debería recaer de forma invisible sobre una sola persona, sino construirse desde acuerdos, presencia y compromiso mutuo.
Y esto implica algo importante: poner límites cuando es necesario. Nombrar lo que pesa. Pedir lo que falta. Y también prevenir antes de llegar al agotamiento, en lugar de normalizarlo como parte inevitable de la maternidad.
Porque cuando el sistema —en lo íntimo y en lo social— está descompensado, la crianza también lo está. Y cuando hay equilibrio, apoyo y corresponsabilidad, aparece algo distinto: más calma, más presencia y más capacidad de disfrutar el proceso.
Quizá de eso se trate: de volver a construir una forma de maternar/paternar más consciente, más compartida y más humana.